9 de mayo – San Gregorio Ostiense
Sin embargo, hay una condición: que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, es decir, que en nuestra lista de prioridades lo primero para nosotros sea hacer la voluntad de Dios, vivir según la norma del Evangelio, en seguimiento a Jesús de Nazaret,… todo lo demás se nos dará por añadidura (Mt. 6, 33). Esa es su promesa.
La actitud de abandono y de confianza que nos aconseja Jesús no nos exime del deber de trabajar, sumando esfuerzo e inteligencia, para lograr satisfacer las necesidades de vida. Para un cristiano el trabajar no es un castigo, es un modo de servir a la comunidad y una fuente de bendición: ¡Trabajar no es un castigo!: una teología positiva del trabajo
Pablo nos da ejemplo, él compartía el oficio de la predicación con el arte de tejer tiendas (Hch. 18, 3). Además nos previene de la tentación de ser negligentes en la tarea, como, aparentemente, ocurría en la comunidad de Tesalónica /2 Tes. 3, 6-7), pues el que no trabaje que tampoco coma, por lo que se nos exhorta a trabajar con sosiego para ganar el propio pan y no ser una carga para nadie (2 Tes. 3, 8-12).
Por cierto, si hemos perdido el empleo, ello no significa que no tengamos trabajo, pues buscar colocarse es ya de por si un trabajo, y bien gordo.
Estoy convencido que está parábola encierra un gran secreto incluso para que prosperemos económicamente: descubrir el propio talento, trabajarlo, ponerlo al servicio redundará en beneficios para nosotros.
Lamentablemente, muchos hacemos como el siervo perezoso de la parábola, escondemos los dones recibidos, los enterramos, y ello se refleja en los resultados que obtenemos.
Cuando damos gracias confesamos y reconocemos que Dios es el dador de toda bendición (Stg. 1, 17), todo viene de su mano, él dirige nuestra vida según sus designios de amor y misericordia (Rom. 8, 28). La acción de gracias es siempre fuente de nuevas bendiciones, y trae gozo y paz al corazón.