Seis pasos para elegir bien según la Voluntad de Dios
No tomarse libertades indebidas.
Lo primero que debemos hacer es preguntarnos: ¿Realmente me corresponde a mí tomar esta decisión?”. El rey Salomón escribió: “¿Ha venido la presunción? Entonces vendrá la deshonra; pero la sabiduría está con los modestos” (Pro. 11:2).
Informarse bien.
Salomón escribió: “Los planes del diligente propenden de seguro a ventaja, pero todo el que es apresurado se encamina de seguro a la carencia” (Pro. 21:5). Veamos un ejemplo. ¿Ha recibido usted alguna propuesta de negocios? No se deje dominar por las emociones. Reúna toda la información necesaria, pida consejo a quienes conozcan bien el tema y analice los principios bíblicos aplicables a la situación (Pro. 20:18). Luego elabore una lista con los pros y los contras. Recuerde que el cristiano prudente siempre “calcula los gastos” antes de decidir (Luc. 14:28). Piense en el impacto que tendrá su elección no solo en sus finanzas, sino también en su salud espiritual. Toda esta investigación requiere tiempo y esfuerzo, pero impedirá que nos precipitemos y nos ahorrará muchos dolores de cabeza.
Pedir sabiduría.
Para que nuestras decisiones honren a Dios, debemos solicitarle su ayuda. Santiago aseguró: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Sant. 1:5). No hay nada de vergonzoso en admitir que necesitamos la guía divina para hacer una buena elección (Pro. 3:5, 6). De hecho, confiar exclusivamente en nuestro criterio podría llevarnos por mal camino. Si le rogamos a Jehová que nos dé sabiduría y buscamos la dirección de la Biblia, el espíritu santo nos ayudará a descubrir las verdaderas razones por las que preferimos una determinada opción (Heb. 4:12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón).
No posponer la decisión.
Es cierto que no es bueno apresurarse; primero hay que investigar y pedir sabiduría. Efectivamente, el sabio “considera sus pasos” con cuidado (Pro. 14:15). Pero tampoco es bueno postergar las cosas. El indeciso pudiera inventar excusas absurdas para no actuar (Pro. 22:13). Lo que no sabe es que de este modo ya está tomando una decisión: dejar su vida en manos de otros.
Poner manos a la obra.
El esfuerzo que exige tomar una buena decisión puede desperdiciarse si no actuamos con determinación. “Todo lo que tu mano halle que hacer, hazlo con tu mismo poder”, aconsejó Salomón (Eclesiastés 9: 10 Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.).
Evaluar los resultados y hacer cualquier cambio necesario.
Las cosas no siempre resultan como se planearon, pues “el tiempo y el suceso imprevisto les acaecen a todos” (Ecl. 9:11). Aun así, en el caso de algunas decisiones, Jehová espera que nos mantengamos firmes contra viento y marea. Por ejemplo, los votos que hacemos al casarnos y al dedicarnos a Dios no son negociables. Él desea que los cumplamos (léase Salmo 15:1, 2, 4). Claro, hay muchas otras decisiones que no son tan trascendentales. El cristiano sabio las evalúa periódicamente y no permite que el orgullo o la terquedad le impidan hacer ajustes o incluso dar marcha atrás si es necesario (Pro. 16:18). Lo que más le importa es asegurarse de honrar a Dios.