Las cosas que están en el mundo
El pasaje de 1 Juan desglosa ‘las cosas que están en el mundo’ en tres aspectos: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida.
Deseos de la carne y deseos de los ojos
Algunas religiones, en especial el catolicismo, se han encargado de promover el ascetismo como una virtud y como algo necesario para ‘purificar’ el espíritu. El ascetismo es una doctrina que enseña la abstinencia de los placeres corporales y desde el punto de vista de algunos pensadores católicos permite limpiarse del pecado y acercarse más a Dios. Tenemos entonces a personajes como San Antonio Abad, que llevaba una vida austera en exceso, o Agustín de Hipona, que condenaba el placer sexual y aún dentro del matrimonio lo consideraba un pecado. Pero no es esto a lo que la Biblia se refiere con los “deseos de la carne” y “deseos de los ojos”.
Concupiscencias hay muchísimas. Cualquier deseo fuera de control se vuelve una concupiscencia y por lo tanto llevan a las personas a pecar. Dentro de los pecados que se cometen por obedecer los deseos de la carne encontramos los siguientes: glotonería, fornicación, lujuria, lascivia, pereza, ira, etc. Dentro de los pecados que se cometen por obedecer los deseos de los ojos tenemos a la codicia, la malicia, la inmundicia, etc.
En pocas palabras, Dios nos está llamando a vivir gobernados por su Palabra, no por nuestras concupiscencias. No somos animales para vivir guiados por instintos, somos seres creados a la imagen y semejanza de Dios. El apóstol Pablo nos deja clara esta idea cuando dijo: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias;” (Romanos 6:12). “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, más yo no me dejaré dominar de ninguna.” (1 Corintios 6:12).
Vanagloria de la vida
No por nada la Biblia le llama vanagloria de la vida, o gloria hueca e inútil. Ya lo decía Salomón: “Comer mucha miel no es bueno, ni el buscar la propia gloria es gloria.” (Proverbios 25:27). Como la miel termina empalagando y asqueando, así también las personas se fastidian de buscar su propia gloria.
En el mundo antiguo los valores mundanos podrían resumirse en poder, gloria y riquezas; hoy en día las cosas no han cambiado mucho. Quizás ya no se libran batallas como las de Alejandro Magno o las Cruzadas, pero las personas siguen buscando su propia gloria en lo que tienen a mano. El conjunto de placeres y deseos de nuestra era sigue seduciendo a los hombres para apartarse de Dios y servirse a sí mismos.
La gloria verdadera y el propósito de la vida
Aunque el mundo niegue que hay vida después de esta no por eso cambia la realidad. No es la vida presente el lugar para guardar nuestro tesoro, pues el mundo pasa y sus deseos. Este mundo se va a acabar, como dijo el apóstol Pedro: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!” (2 Pedro 3:10-12). Siendo esto así, las palabras de Pablo deberían resonar en la cabeza de todo ser humano: “el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;” (Romanos 2:6-8).
La Biblia es más que clara al dejar por sentado cuál es el verdadero propósito de esta vida. La verdadera gloria es conocer a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo.