La importancia de corregir a los amigos cuando han cometido un error
“Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado’ ”. En el texto de “La liturgia cotidiana” se lee: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado”. Pero la añadidura “contra ti” no es correcta. En la “Biblia de Jerusalén” el versículo aparece traducido así: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndelo, a solas tú con él”. Jesús entonces habla de toda culpa, no solo de la que se comete contra uno mismo. Cuando se trata de falta contra uno mismo, el primer deber no es la corrección, sino el perdón.
Mateo 18, 15-20
15 Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
16 Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
17 Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
18 Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
19 También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
20 Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos».

¿Por qué dice Jesús: “Corrígelo en privado” o “repréndelo, a solas tú con él”? Ante todo, por respeto al buen nombre, a la dignidad del hermano. Malo obviamente sería corregir a un hombre en presencia de la esposa, o a una mujer en presencia de su marido, o a un padre delante de sus hijos, o a un docente delante de sus alumnos, o a un superior delante de sus subordinados. En estos y casos semejantes se trata de personas cuyo respeto y estima al hermano le importan mucho.
Cuando no fuera posible corregir en privado, a solas, hay que evitar absolutamente divulgar la culpa del hermano, hablar mal de él o calumniarlo, dando por probado lo que no lo es o exagerando la culpa. El apóstol Santiago nos advierte: “Hermanos, no hablen mal los unos de los otros” (St 4, 11).
La persona que ha cometido la culpa podría ser yo mismo y el que corrige ser el otro: la esposa, el marido, el docente, el superior. O sea, existe también la corrección pasiva, el dejarse corregir. El que quiera corregir a otro tiene que estar dispuesto a dejarse corregir.
La corrección ha de ser realmente fraterna, es decir, inspirada por el amor y llevada a cabo con amor. Si hay algún mensaje que se repite más veces en la Palabra de Dios es este del amor fraterno. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento escuchamos una y otra vez el mandamiento del amor, subrayado pedagógicamente por el mismo Jesús, quien dedicó su ministerio público, su tiempo y sus energías a ejercer el amor, un amor incondicional, sin reservas, a favor de todos, particularmente de los más necesitados o postergados o marginados.