Honremos a nuestros padres
La palabra griega para honor, significa venerar, apreciar, y valorar, honor es darles respeto, en Mateo 15:3-9, Jesús les recuerda a los fariseos el mandamiento de Dios de honrar a su padre y madre. Ellos estaban obedeciendo la letra de la ley, pero habían añadido sus propias tradiciones que esencialmente la anulaban mientras que honraban a sus padres de palabra, sus hechos probaban el verdadero motivo de su corazón.
El mandamiento de honrar a los padres es el único mandamiento con promesa: “para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra.” (Efesios 6:3). Dios quiso que, después de Él, honrásemos a nuestros padres, de la misma manera que honrar el nombre de Dios y santificar las fiestas son una aplicación del primero de los mandamientos, también los preceptos que prescriben el amor al prójimo establecen y publican el amor a Dios.
El amor a Dios no sólo es el principio y raíz del amor al prójimo, sino también -y por expresa indicación del Señor- su medida: “un nuevo mandato os doy, que os améis unos a otros, como yo os he amado a vosotros” (Jn 13:34). El cuarto mandamiento, al recordarnos la obligación de honrar a los que nos han dado la vida, nos empuja a vivir un amor ordenado a todas las personas, comenzando por aquellas con las que estamos unidos por vínculos tan estrechos.
El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más universal. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los abuelos y antepasados.
Cuando los hijos se hacen mayores, deben seguir respetando a sus padres, deben tratar de darles gusto en sus deseos, aceptar sus consejos cuando los corrijan con razón. La obediencia a los padres termina cuando el hijo mayor se casa o se independiza, pero el respeto, y el estar abierto a sus consejos, permanece siempre. Mediante el amor, el respeto, la obediencia y la ayuda en sus necesidades, el hijo, cumple el cuarto mandamiento de la Ley de Dios.