¿Por qué la gente se rehúsa a aceptar a cristo en su corazón?
Vivimos en el mundo de las excusas. Una excusa por lo general esconde una verdad que no queremos afrontar. De las cinco palabras que utiliza el Nuevo Testamento para referirse al pecado, la que más me llama la atención es «hamartía». Significa: fallar en ser lo que nos habría sido posible y teníamos la capacidad de ser.
El llamado de Dios puede relacionarse con algunos de nuestros hechos del pasado y que, quizás, revela que él ha inquietado nuestro corazón desde hace tiempo. Moisés había intentado, con herramientas humanas, hacer justicia por un solo judío. Ahora, el Señor lo llamaba a liberar a todo un pueblo. Para lograrlo deberá renunciar a la vida cómoda y predecible que lleva en el desierto, y a su entendimiento de lo que le falta para emprender semejante tarea; para esto, deberá sumarse a la forma que tiene el Señor de llevar a cabo sus obras. Esta renuncia es esencial para responder al llamado, pues el Señor dirige solamente a aquellos que han dejado todo atrás.

«Pero Moisés le dijo a Dios:
—¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?»
La respuesta instintiva del que recibe el llamado es a mirar lo que él es, para ver si está a la altura de la tarea que se le demanda. En la mayoría de los casos de la Biblia las debilidades y los fracasos de la persona relucían de tal manera que se veían como poco aptos para la misión. Aunque Moisés había pasado cuarenta años en el desierto, aún carecía de claridad sobre su identidad en Dios. En Egipto había creído que poseía sobradas aptitudes para liberar a sus hermanos. Ahora, había perdido la confianza, en parte porque había convertido el desierto, el medio para su transformación, en el fin de su existencia. Ya no le apetecía una vida de desafíos y sobresaltos.
La respuesta de Dios (Ex 3.12) revela que no es la aptitud del enviado lo que importa, sino la compañía del que envía.
El apóstol Pablo afirma, en 1 Corintios, que el Señor escoge lo vil y despreciado del mundo para glorificar su nombre. Es por esto que los Doce con frecuencia despertaban el desprecio de los líderes religiosos de su época, porque eran hombres sin letras ni formación.